2025-05-19 Sobre Eurovision 2025
Se suponía que era el momento de coronar a quien ya lo era todo sin permiso. Melody, la que de niña bailaba con gorilas y de adulta hace sombra con sólo aparecer, a los presentes, se subió al escenario con la seguridad de quien ha sangrado demasiado como para mendigar validación. Pero lo que recibió fue un puñal en forma de televoto. Puesto 24. Treinta y siete puntos. Una cabra con epilepsia disfrazada de rave balcánica obtuvo más. No venía a bailar por migajas, sino a ocupar un trono que se le había negado desde niña.
Acudio al concurso de Eurovision, una artista con dos décadas de carrera, voz entrenada en sangre y tabla, una canción diseñada como homenaje a las divas que se abren paso entre la mugre del showbiz . . . ¿y qué hace Europa? La manda al sótano del ranking, justo encima de un país que mandó una cabra tocando un kazoo. ¿Coincidencia? Por favor. Eurovisión no es un concurso musical, es una performance geopolítica con lentejuelas recicladas y sobornos emocionales.
Melody fue demasiado profesional para un festival que se ha acostumbrado a premiar lo kitsch, lo raro, lo hueco. No dio pena, ni meme, ni drama de sobaco en llamas. Dio arte. Y eso, en Eurovisión, es pecado capital.
La dejaron fuera porque no vendía el relato fácil heteronormativoresilente.
Porque era una mujer segura, con voz, con cuerpo e historia.
Porque no venía a pedir perdón ni a hacer el ridículo por votos.
Y decía “soy esa diva”, sin mendigar el título.
Y cuando ocurrio lo inevitable, lo previsible, cuando rodaron por el suelo meritos, esfuerzos, trabajo, no lloró. Se fue si dejar una sola lágrima a los buitres, que debieron morir por deshidratacion.
Melody, ante la prevista injusticia, no busco lástima, solo respeto, y responde bajandose del avion, y comenzando una gira, con un disco, y el silencio afilado del desprecio para aquella noche.
Y no, no fue un fallo, no fue un castigo, fue un delito, con premeditacion, alevosía y nocturnidad.
Eurovisión no es un festival de música. Es un ritual geopolítico donde lo que menos importa es el arte. Allí no gana el mejor cantante, gana el que encaja en el meme. La payasa ucraniana con falda de aluminio reciclado. El islandés que canta desde una lavadora. O el sueco con la voz de pito y el torso aceitado que compensa la falta de talento con abdominales de CGI.
¿Y los demás “concursantes”?, pues cantantes con autotune intravenoso. Trapos como discursos. Trapitas que no cubren ni el alma ni la nota. Trapites con más lentejuelas que vocales. Coreografías que no alcanzan el grado de pantomimas.
Y sin embargo, premiados. . . . Premiados, que no artistas . . . Estan porque aceptan ser sujetos-mercancía . . . Esclavos del coaching del marketing . . . bueno, sirivientes del dictador que nos dice, que nos debe gustar, del algorrino, como dicen. Melody no lo fue. Por eso no la dieron premio, pero, ganó.
Melody en Eurovisión fue como meter a una pantera en una jaula de peluches: elegante, peligrosa, y absolutamente fuera de lugar. No porque ella no perteneciera al escenario, sino porque ese escenario lleva años prefiriendo payasos con luces a mujeres con trayectoria.
Supongo que sabria que no le iban a dar nada. Sus años de carrera deben haberla generado callo.
Supongo que fue para demostrar, con todo en contra, con el sistema en su contra, con las “votaciones técnicas” amañadas por fans con IP en Oslo y corazón en TikTok . . . que era la mejor, al margen de la “sentencia”.
Pero, ahora pregunto: ¿quién decidió que Melody debía ser humillada?
Y tras los hechos, vuelvo a preguntar; ¿Dónde están los patriotas de hojalata que braman por Twitter cada vez que un español pierde al parchís, pero callan cuando una artista nacional es escupida por un circo entero?, en un conciabulo de publicidad, nocturnidad y propaganda.
¿Dónde está Vox, tan dado a defender “los valores de la patria”? ¿Dónde están sus “valquirias ibéricas”? ¿Acaso Melody no entra en su álbum de cromos? ¿O es que una mujer poderosa que no pide permiso no les cabe en el discurso?
¿Y Pedro Sánchez? ¿Mandará también a la Fiscalía a investigar esta afrenta, o está demasiado ocupado ordenando a Marlaska que le busque la WiFi en Ferraz?
Melody no perdió. Eurovisión se murió otro poco más. Y lo hizo a manos de su peor pesadilla: una mujer que no llora, no ruega y no baja la voz.
Se llama Melody y no necesita votos.
Le basta con sobrevivir a todos ustedes, “jariztaz erobisibos”, y dentro de un par de años, veremos quien queda de todos lo que pasaron por este concurso de 2025.
Por otro lado, y en sentido contrario, estamos olvidando una asignatura fundamental. “El arte de competir”, unq psudociencia que se encuentra entre la excelencia y la estrategia.
Una de las primeras lecciones que cualquier creador —ya sea artista, escritor, compositor o diseñador— debe asumir al presentarse a un concurso, es que la calidad absoluta no existe en el vacío. Existe dentro de un contexto. Y ese contexto lo marca, con claridad implacable, el tipo de certamen, sus bases, su sistema de votación, y —muy especialmente— su público o su jurado.
Si un concurso tiene una inclinación manifiesta por ciertos estilos o formatos, ignorar esa preferencia no es un gesto de valentía artística ni de fidelidad a una visión superior. Es, sencillamente, una mala estrategia. Cuando uno se presenta a un concurso de arte abstracto con una obra figurativa de corte clásico, como podría ser un “Velázquez”, no está siendo incomprendido: está siendo negligente. Ha fallado en el análisis previo más básico, el que toda obra dirigida a terceros debe contemplar —¿quién es mi público?—, y ha despreciado el principio de adecuación: adecuarse no es rebajarse; es comprender el terreno en el que se pisa.
Del mismo modo, si el sistema de votación está en manos de un jurado específico, y ese jurado está compuesto por personas con una trayectoria, unas preferencias estéticas, unos intereses definidos, el deber del aspirante no es ignorarlos ni suplantarlos moralmente con un juicio superior (“yo decido qué debería gustarles”), sino conocerlos, estudiarlos y, en la medida de lo posible, conectar con ellos desde dentro de sus marcos de referencia. Lo contrario no es integridad; es arrogancia, disfrazada de autenticidad.
Y si el jurado es popular, el argumento de que “el pueblo no sabe valorar lo bueno” es un refugio infantil, Vd debe estudiar sus gustos, como cuando hace campaña electoral, que ahí, si afina. Participar en una votación popular significa aceptar, sin reservas, que el criterio de los votantes es el que vale, guste o no. No es lícito, ni lógico, someterse a ese proceso democrático y luego deslegitimarlo cuando el resultado no satisface nuestras expectativas. Y en las elecciones se adapta, miente, engaña, protemete, lo que sea, con tal de agradar. Pues aquí, igual.
En definitiva, presentarse a un concurso con una obra profundamente válida, pero radicalmente fuera de lugar, es como acudir a una entrevista de selección de ejecuti8vos en traje de buzo: puede que uno sea excelente en lo suyo, pero el mensaje que transmite es que no ha entendido la convocatoria. Y si no ha entendido eso, ¿qué garantiza que entienda algo?
El creador no renuncia a su identidad por adaptarse a un contexto; simplemente asume que hay escenarios donde su lenguaje no será comprendido, y que la excelencia, si quiere ser reconocida, debe ir acompañada de una mínima humildad: la de responder la pregunta más antigua de la comunicación humana —¿a quién me estoy dirigiendo?—.
Porque en arte, como en la vida, el valor de una obra no solo reside en su factura, sino en su capacidad de resonar con quienes la reciben. Y si se ignora quién está al otro lado, entonces, lo que falla no es el mundo: es la brújula del autor, o su burbuja. Se agradecen los comentarios, difusion y similares. Gracias
NAVEGACION
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